lunes, 16 de noviembre de 2015

Rebuilding A Heart

Hundí la mano en mi pecho y arranqué con precisión quirúrgica la parte de mi corazón que te dedicaba. Ya no era roja y brillante, había perdido su lustre a golpe de discusión y desconfianza. Se había ido llenando de inquina y odio y me dije "¡Basta ya!". De no actuar rápido, corría el peligro de contagiar su negrura al resto y tenía que evitarlo como fuera. Aunque con miedo, actué sin dudarlo y me llevé un gran pedazo. Tras deshacerme de él, mi corazón quedó chiquitito y muy débil. Era tan solo una pobre sombra de lo que fue. Su latido era apenas perceptible. Necesitaba fortalecerlo y curarlo cuanto antes. Me lancé a alimentarlo con la pasión por las pequeñas cosas de la vida, esas a las que no prestamos mucha atención y que pasan desapercibidas junto a nosotros. A pesar de mis dudas iniciales, no me resultó difícil y al cabo de una semana mi corazón ya tenía mejor cara, y al mes cumplido, era casi continuo su vibrar por las pequeñas cosas que me rodeaban. Siempre percibía algo que lo llenaba de alegría y lo fortalecía: un cielo azul limpio al abrir la ventana, una palabra reconfortante en un mensaje de voz, una sonrisa inesperada al pedir un café, una melodía maravillosa en un pasillo del metro, el guiño de la pícara Luna al llegar a casa... Eran pequeñas cosas, nimiedades podrás pensar, pero mi corazón engordó, engordó y engordó. Ahora su latido vuelve a ser fuerte y ha recuperado su ritmo. Pum pum, pum pum, pum pum...


Clay Heart



viernes, 2 de octubre de 2015

From The Sky With Love


Me lanzo al vacío y por unos instantes me siento etérea e ingrávida. Estoy feliz. Tomo conciencia de mi cuerpo, de cada minúscula fibra de mi ser y… vuelo. ¡Estoy volando! Siento el aire contra mi cara, es vigorizante. La adrenalina me recorre de pies a cabeza. Me siento muy viva. Planeo entre las nubes con los brazos extendidos y dejo que su frescor me llene. Giro y bajo a mi antojo, me dejo llevar en ese baile aéreo, ajena a la altitud, ajena a tus pensamientos. Tal vez me observas, ¿quién sabe? Pero, la verdad, me trae sin cuidado. Esta es mi mañana, este es mi momento. Estoy jugando con la corriente, me río como una niña a cada pirueta cuando atravieso las nubes que me salen al paso y asomo de nuevo al otro lado, entre algodones, borracha de mar azul, ¿o es cielo? Ya no sé. No pienso, solo me permito sentir, sentirme, impregnarme de esa libertad, mientras vacío mis bolsillos de mentiras y rencores. Una mirada hacia abajo me avisa de que aquello que empezó viéndose tan chiquitito se está acercando. El altímetro me devuelve la cifra 1.024 m y tiro de la anilla sonriendo, sin poder evitar pensar que eso son 210



Mi paracaídas se abre sin problemas y respiro calmada, dedicándome a observar mi valle desde las alturas, a reconocer cada rinconcito desde mi posición privilegiada, a vivir con plenitud cada uno de los últimos metros, atesorando las sensaciones que me inundan mientras maduro la idea de dejarte, de decirte adiós. Quiero la libertad que vibra ahora dentro de mí

Voy dirigiéndome a la verde pradera, acercándome al punto de parada y descendiendo en contra del viento para que vaya frenando mi avance gentilmente, como si fuera un galán que me lleva de la mano a la pista de baile. Ya estoy casi ahí. Mis pies tocan el suelo con suavidad, y a mis espaldas, la lona se posa lentamente sobre el terreno. Levanto mi cara al cielo y le guiño un ojo pensando “Esto lo repetiremos. Lo sabes, ¿verdad?”.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Soothing Sunset

—¡Hola! ¿Te importa si me siento aquí?
 
No me apetecía contestar, pero notaba sus ojos fijos en mí y los segundos pasaban.
 
—No —dije finalmente.
 
—¿Seguro? Según me sentaba me pareció intuir un gesto de fastidio por el rabillo del ojo.
 
Me volví hacia ella con una mirada de esas de clavar a la gente en el sitio.
 
—Pues veo que confías poco en tus intuiciones porque, a pesar de ello, te has sentado. Es más, lanzaste la pregunta estando ya casi sentada, con lo que no sé si pensabas levantarte en caso de haberte dicho que sí me importaba.

Ella no dijo nada, probablemente atónita tras una respuesta tan poco polite. Hice una pausa pensativo y proseguí.

—Yo estaba aquí tan tranquilo, a mi puta bola, tan jodidamente a gusto, y no entraba en mis planes tener ninguna conversación en estos momentos pero, ya que me diste pie, te diré que nunca entenderé por qué la gente hace estas cosas, por qué esa absurda necesidad de pegarse a otro. Lo mismo pasa en la playa. Tú llegas a una playa enorme y vacía, pones tu toalla, te tumbas a disfrutar del mar, del Sol, de la tranquilidad... Pues no. El Universo tiene otros planes para ti, porque a los pocos minutos ves venir a una pareja que, o mucho te equivocas, o viene directa justamente hacia ti, como si les guiará un GPS. ¡Zas!, ¡ahí los tienes! A menos de tres metros se descalzan y plantan sus toallas, felices y contentos, ignorando tu cara de incredulidad y fastidio. Actúan como si fuera la cosa más normal del mundo, como si el hecho de ponerse, ¡qué sé yo!, a cincuenta putos metros, fuera una situación peligrosa, no fuera a ser que necesitaran ayuda de un ser humano y no hubiera ninguno cerca. No, no. Tan lejos no. Vamos a pegarnos a ese chico. Así, si entramos a darnos un baño y nos ataca el tibupulpo podrá alertar a alguien, ¡o hasta socorrernos! —hice una pausa y proseguí—. Que cuando se trata de aparcar el coche en un parking casi vacío puedo entender que lo pongas cerca de otros por, digamos, ¿seguridad? No sé. Total, los coches van a estar calladitos. Pero, ¿en la playa? ¿En serio? Pues esto es igual, bonita. Teniendo metros y metros de paseo marítimo, y bancos y bancos vacíos que ocupar, eliges este en el que estoy yo. En fin...
 
Ella escuchó cada palabra atentamente, acompañando mi discurso de un despliegue de expresividad facial completo, adecuado a lo que decía yo en cada momento: elevaba la ceja izquierda, fruncía el ceño, contenía una sonrisa, torcía el gesto, juntaba los labios en modo protesta... Al fin, cuando callé, tomó la palabra.
 
—¡Vaya! ¡Menuda verborrea para alguien que no pretendía conversar! Me has soltado todo un monólogo —replicó sin perder la sonrisa. Muchas gracias por permitirme sentarme en este banco que, sí, a diferencia de bastantes otros ya tenía ocupante, tienes toda la razón. Lo que tú no sabes es que, a diferencia del resto, este es mi banco favorito. Veraneo aquí todos los años, y vengo aquí cada tarde desde el primer día de vacaciones hasta el último, y me siento a mirar el horizonte hasta que se esconde el Sol.

Sunset at Sea by Jan-Pieter Nap

Era inconcebible no sentirse un ser despreciable por haber soltado la charla que vomité sobre criatura tan... tan... ¿angelical?, porque tras explicarme que siempre elegía ese banco, continuó así:
 
—Sospecho que has debido tener un día bastante feo, ¿me equivoco? Destilas mal humor por cada poro. Lo creas o no, soy muy buena escuchando —lo dijo con tal limpieza en la mirada que no pude por menos que creerla—. Si quieres me lo cuentas mientras lanzamos la vista relajada al horizonte, miramos el mar y dejamos que nos arrulle su murmullo de fondo. ¡Anda!, —dijo dándome un golpecito en la rodilla—, que te va a venir bien desahogarte, ya verás. Yo, por mi parte, te invito a que seas mi compañía en la puesta de Sol. ¿Te apetece? 

Mi respuesta fue una sonrisa, una de las de verdad. No recuerdo cuánto llevaba sin sonreír así, pero me hizo bien. Me sentí de repente aliviado, afortunado de haberme sentado en ese banco de entre los muchos que poblaban el paseo y de tenerla ahora a mi lado. No pedía nada más que vivir el momento presente y ver al Sol jugando al escondite. Acepté su propuesta asintiendo y volví la mirada al mar.
 
—Es precioso, la verdad —murmuré aún un poco azorado por mi estupidez.
 
—Lo es —dijo dándome la mano—. Gracias por compartirlo conmigo.
 

viernes, 22 de mayo de 2015

The Pact


Es el momento de hacer una pausa en mi ajetreada mañana. Cinco minutos de ausencia no repercutirán demasiado en mi carga de trabajo. Además, me ha cundido bastante la semana y llegaré a presentar mi informe en la fecha prevista.

Me dirijo a la cocina sin pensarlo más, dispuesta a desentumecer un poco las piernas. Lo de estar sentada sin tenerlas cruzadas me cuesta horrores, y aunque las separo cuando me doy cuenta, a los cinco minutos ya he vuelto a las andadas. Con el humeante café ya en mano y sentada en el taburete, empiezo a trastear con el móvil. Reconozco que no sé estar sentada sin más, sin hacer nada, pensando tan solo, así que, tras revisar notificaciones variadas, decido asomarme a una de esas aplicaciones para conocer gente.

Estoy dada de alta en varias y, aunque tienen sus matices, al final son todas bastante similares. Estoy venga a pasar fotos de los diferentes candidatos que me ofrece la aplicación según el filtro elegido.

No.
No.
¡Hum! Tal vez...
No.
Ni de coña.
A ver... Amplío la foto un poco .... No.
No.
No.
¿Y este? Pincho el icono del perfil. Leo en diagonal los datos principales. Nada. Muy simple y muy bajito.
No.
¡Uf, por favor! Ni hablar. Menudo imbécil. Si es que a veces se sabe sin leer ni un dato.
No.
No.

No os podéis hacer idea de las fotos que la gente pone para, de algún modo, venderse. ¡Que es que son elegidas por ellos, eh! Que las han puesto voluntariamente y, digo yo (aunque a veces lo dudo) que han hecho un poco de selección previa, que se lo han tenido que pensar, vamos. Pero con un simple vistazo, e independientemente del aspecto físico, ya hay fotos que tienen el "no" por adelantado.

No.
No.
Nnn... ¡¡Espera!! A ver...

Miro las fotos restantes. No parecen falsas, aunque eso nunca lo sabes. Puede que no se trate de las fotos de un famoso, como hacen muchos, pero a veces, aunque reales, son de hace diez años o más. Pero... me gusta lo que veo de momento. Sonrío. Entro al perfil, a leer qué tiene que contar. No es muy extenso, pero no tiene faltas de ortografía y destila optimismo y vitalidad. Sonrío de nuevo. Este Just_Be —su nick en la aplicación— invita a dejarse llevar. Decido darle al "Sí", a ver qué pasa.

Termino mi café y vuelvo a la tarea. Quedan apenas un par de horas para salir de la oficina. No han pasado ni diez minutos cuando me llega el beep del móvil. Me asomo con curiosidad y compruebo encantada que he tenido un match con Just_Be y me ha enviado un mensaje.

Como ya tengo todo hecho, contesto a su mensaje y nos enfrascamos en un divertido y refrescante chat. Todo fluye natural. Me divierte y me excita. Me propone que nos conozcamos y, casi como un reto, sugiere que pasemos el fin de semana juntos, pero quedando en otra ciudad diferente a la nuestra. Me parece una idea sugerente que de pronto me conquista, y me encanta eso de dibujar un escenario en que ninguno de los dos sea el anfitrión. Me sorprendo a mí misma diciendo que sí pero también lanzo yo una propuesta por mi parte y le digo: "Encontrémonos en Barcelona. Y que no sea esta la típica cita. Libérate, no te midas, sé tu tú más real, actúa como si nos conociéramos de toda la vida, como si no tuvieras nada que perder, como si no te jugaras nada y al mismo tiempo haciendo que todo sea un juego. Hagámoslo lúdico. Si te atraigo y te gusto, trátame como si fuera la mujer más maravillosa del mundo. Si en un instante sientes amor o deseo, exprésalo, no te asustes y dale rienda suelta, solo mírame a los ojos y dime que me quieres, que yo no exigiré compromiso después. Quiero vivir el momento, este presente inmediato, y quiero que lo vivas conmigo. Riámonos, derrochemos caricias y besos, hagamos el amor como dos cuerpos hambrientos de placer, o con la mezcla de pasión y dulzura con que lo haríamos a la persona amada... Entrégate a mí al 100%, sin red, sin reservas, que yo haré lo mismo, como si ambos fuéramos dos náufragos perdidos en una isla desierta y no hubiera nadie más. Y quiero un pacto: tras el fin de semana, saldré de tu vida y no volveremos a vernos".

Barcelona by Nikola T

Él aceptó mi planteamiento, excitado y emocionado ante la idea de no tener que construir un personaje para gustar al otro. Nos encontramos en el aeropuerto y desde el minuto uno todo fluyó con magia. Tuvimos un fin de semana maravilloso, sin parar de charlar acerca de infinidad de temas, riendo en cada callejuela que la noche nos ponía delante, besándonos en cada portal múltiplo de siete, disfrutando al deshacer la cama pulcramente hecha, gozando el desayuno junto a la ventana viendo el mar,... Parecíamos dos chiquillos que han escapado de casa para vivir una aventura. Y la vivimos. Pero como todo lo bueno, el fin de semana llegó a su fin. El avión de vuelta aterrizó y nos dejó frente a frente intentando decirnos adiós.

Ha sido el mejor fin de semana que he pasado en mucho tiempo —dijo rodeando mi cintura y acercándome a él. Sabes que quiero volver a verte. ¿Querrás? 

Lo siento, —repliqué mordiéndome el labio y realimentando mi resolución mientras me separaba de él con suavidad—, no quiero sonar como una desagradecida, una arpía o una mujer sin corazón, pero buscaba justamente lo que he tenido. Algo perfecto, sin fisuras ni grietas. Momentos maravillosos que atesorar y revivir sin que el día a día los contamine.

Sonrió con cierta pena, pero no insistió. Era el primero que parecía entenderme. Le di un beso en los labios y me giré caminando hacia la parada de taxis, pensando internamente si no merecería la pena arriesgarse esta vez.


jueves, 9 de abril de 2015

Faking Fine

Voy acelerada porque llego tarde a una reunión. Detesto la impuntualidad. El ascensor va nutrido a estas horas. Contengo la respiración y me pongo de puntillas sin darme cuenta, como si ello le hiciera ir más rápido. En cuanto se abren mínimamente las puertas, salgo disparada cual gacela por la sabana, derrapando con elegancia en la curva del final del pasillo. Sin que me dé tiempo aún a tocar el pomo, se abre la puerta de la sala y te veo al otro lado. Sales tú al tiempo que entro yo. Nos sale con tanta coordinación que parece algo ensayado. Es como el giro de un vals. Me dan ganas de quedarme ahí un ratito, bailando contigo, y olvidarme del resto. Nos miramos a los ojos y susurro "¿Qué tal todo?". Un lacónico "Bien" es todo lo que me brindas por respuesta, acompañado de una sonrisa que se dibuja en tu cara. La sala me engulle con hambre y a ti te vomita con indiferencia.
 
La reunión es de esas en las que distintas personas son convocadas a lo largo de la mañana, cada una en su turno. Acabó el tuyo y comienza el mío. Mi compañero ya está también en la sala y juntos hemos de dar soporte al departamento que nos ha convocado para aclarar ciertas dudas. Alguien baja un poco la intensidad de la luz y comienzan a proyectar un PowerPoint. En esa inesperada penumbra que me regala el ambiente propicio, yo no puedo evitar pensar en ti. Sin darme cuenta mi cabeza ha saltado al momento de nuestro breve encuentro. Lo tengo en la pantalla de mi mente y necesito reproducirlo a cámara lenta, muy muy lenta, y observar.
 
Detengo un momento el mundo que me rodea, me sumerjo en una burbuja que me aísla. Externamente nadie lo advierte, mi mirada permanece atenta a la presentación, con la cabeza ladeada ligeramente, pero internamente observo, simplemente, observo de verdad. No digo mirar resbalando la vista líquidamente sobre el recuerdo que proyecto, haciendo que se desparrame toda ella sobre tu imagen. No, no digo eso. Digo mirar de verdad, volcándome en cada fotograma, atando el iris a la conciencia con una lazada y prestando atención plena, captando cada detalle que no quiero que se me escape, analizando esas pequeñas marcas, gestos y señales, —en tus ojos, en tu voz, en tu mano sobre el pomo o en la tensión de tu cuello—, microexpresiones todas que, tal vez puedan parecer minucias, pero que en conjunto no lo son y me dicen muchas cosas. Fue solo una palabra, modulada en un tono un tanto neutro. “Bien”, dijiste. Sin más. Ahora ya lo sé. Tú no estás bien, cielo. Tú no estás bien. A ti te pasa algo... y me lo vas a contar.

Behind the mask there might be a different face
 

martes, 31 de marzo de 2015

LifeFulness

Deambulo descalza por la casa, inundada por la luz del mediodía que entra a raudales por las ventanas. Camino con toda mi conciencia. Las plantas de mis pies sienten la superficie cálida de la madera a cada paso. Voy hacia la terraza y me detengo un instante para acariciar las hojas de la Kentia con las yemas de mis dedos. Sigo avanzando y salgo afuera. El sol da de lleno en los baldosines y cae sobre mi empeine cuando piso la terraza. El suelo quema. Muevo los dedos, alegrando la terraza con mis coloridas uñas. Hace calor, el sol resbala sobre mis hombros, lamiéndolos. Una leve brisa me hace levantar la vista hacia el cielo para sentirla en mi rostro y cuello mientras mueve suavemente mi melena. Capturo el momento con los ojos cerrados, mientras escucho los trinos de los pájaros que gorjean a su antojo y a los niños que corren y ríen abajo en el patio.
 
Dejo la terraza y entro de nuevo a la agradable sombra del interior de la casa. Mi vestido de gasa deja intuir al trasluz las largas y delgadas piernas y unas braguitas azules. Soy de pronto muy consciente de mi cuerpo. Me siento un tanto excitada. Debe ser el calor, el olor a verano que impregna la casa.

Zen :)
 
Voy a la cocina. Los trigueros siguen a fuego lento en la sartén, tan verdes y brillantes, y oliendo tan bien... Aleteo mi nariz y los olores me inundan. Me llega el aroma de la hierbabuena que tengo en la terraza. Huele a vida. Doy una vuelta a los trigueros, que ya casi están. Tú te acercas por detrás. No te oí llegar, tan absorta estaba en mi sentir el instante. Rodeas mi cintura con el brazo derecho y tus dedos palpan mi piel, mientras dejas una copa de vino para mí sobre la encimera. Bajo un poco el fuego hasta apagarlo y me giro despacio para tenerte frente a mí. Miro tus ojos negros que bailan ante mí, risueños. Tu beso sella mis labios, jugoso, dulce, apasionado. Me transmite tu sabor y detecto notas de vainilla y tal vez de castañas. Sabes rico. Quiero más.
 


jueves, 18 de septiembre de 2014

A New Reality

Aquel día, —hoy lo sé—, abriste una puerta nueva para mí. Charlábamos apaciblemente, reíamos las ocurrencias que tenían nuestras mentes, estábamos conectados por las palabras. Algo cambió, sutilmente, y las palabras dibujaron imágenes vívidas, esparcieron olores, ofrecieron sabores a paladear, implicaron susurros y jadeos, unieron dos cuerpos lejanos. Entré de tu mano a un mundo desconocido, en el que, debo confesar ahora, sentía un poco de miedo. Me hallaba un tanto desubicada en él. Me sentía un poco tonta por no saber, me sentía observada y me incomodaba no haber estado antes en esa situación. Poco a poco, vencí mis temores iniciales guardándolos en un bote de galletas y amarré mis tabúes a un poste, para que no pudieran liberarse. Tan solo me dejé llevar. Primero, tus palabras me guiaban, dibujaban la escena, con tanta delicadeza y naturalidad que era fácil entrar en el juego. Luego fue tu voz, que me puso en un dulce trance.

Estamos bailando. Lo sabes, ¿verdad? dijiste en cierto momento.

Sí. Era un baile. Nuestro baile. Cerré los ojos. Todo tuvo sentido y dejé que tu voz me guiara por un laberinto de pasiones.